Un amanecer silencioso
Diario de bitácora. Miércoles 26 de noviembre de 2025.
Rancho Santa Fe, Honduras.Tercer día de quirófano.
Hoy me vais a permitir que la bitácora sea un poco más íntima de lo habitual. Pido disculpas de antemano por hablar en primera persona. Mis vivencias no son mejores que las de nadie, pero sí son una ventana pequeña a lo que sentimos quienes formamos parte de esta brigada de Podología Sin Fronteras en Honduras.
Un amanecer en silencio
Hoy era mi día de clínica. No me tocaba quirófano. Francesc y yo nos encargábamos de los pacientes externos, aquellos que no iban a pasar por las salas de cirugía, pero que también traen sus historias, sus dolores y sus esperanzas.
Eso nos ha permitido empezar el día un poco más despacio, sin la prisa de estar listos a primera hora para el quirófano. He aprovechado la calma para resolver un par de asuntos con la gestoría en España y contestar por whatsapp unas dudas clínicas de mi hijo —también podólogo— sobre algunos pacientes de nuestra consulta. Mientras lo hacía, no podía evitar pensar en lo curioso que es: estar trabajando a más de 6.000 kilómetros de casa y, al mismo tiempo, seguir conectado con la vida de allí, con lo cotidiano, con lo que también forma parte de quien soy.
Después de cerrar el portátil, me he regalado un lujo que no olvidaré: bajar solo, en silencio, desde la Residencia Moscati hasta el centro quirúrgico Sagrada Familia.

El camino estaba mojado por los chaparrones que habían caído durante la noche y un rato antes. El cielo amenazaba más lluvia, las hojas brillaban húmedas y solo se escuchaba el goteo del agua saltando de árbol en árbol. No llovía en ese momento, pero el ambiente estaba lleno de esa calma que queda después de la tormenta.
Mientras caminaba, me he sentido profundamente afortunado. Afortunado por estar aquí, por poder vivir esta experiencia, por tener una familia que me espera en España y que está sana, por ejercer una profesión que me apasiona y por compartir estos días con mis compañeros de Podología Sin Fronteras. He dado gracias a Dios por todo eso. Ha sido, quizá, el primer gran momento del día.

El anestesista que es un chiste andante
He llegado al centro quirúrgico antes de que empezaran las intervenciones. Aún faltaba tiempo para que arrancara la clínica, así que he compartido un café con nuestro anestesista.
Definirle no es fácil: es “inclasificable”. Un valenciano que es un chiste andante, capaz de sacar una sonrisa en cualquier momento, que solo se pone serio para hablar mal del gobierno. Celebra cada cirugía como un pequeño triunfo (!UN EXITO¡), bromea con los paciente y tiene un idioma propio (el Tinés) sin traducción precisa, con frases que se quedan flotando en el aire (BOO, PIUER, PER BAIX, HAY OPSIONES) y que nos acompañan el resto del año, hasta que volvemos a verle.

Ese café previo a la vorágine del día ha sido otro regalo: un rato de humor sencillo, de camaradería, de sentirse parte de un equipo que funciona no solo por lo que hace, sino por cómo se lleva.
El lujo de trabajar con ellas
Después ha comenzado la clínica. Y ahí es imposible no detenerme en lo que supone trabajar con nuestras tres auxiliares: Neus, Ana B y Ana C.
Hablar de ellas es hablar de simpatía, amabilidad, diligencia y eficacia en estado puro. Tenerlas en el equipo nos facilita el trabajo de una forma difícil de explicar solo con palabras. Antes de que nosotros pensemos qué vamos a necesitar algo, ellas ya lo han preparado. Cuando miras alrededor buscando una solución, ellas ya la han puesto encima de la mesa.

Es un auténtico lujo ver cómo tratan a los pacientes: con respeto, con ternura, con una sonrisa que desarma. Son esas personas que cuidan de todo sin hacer ruido, pero que sostienen medio edificio con su trabajo. Enhorabuena, chicas. Lo vuestro es, de verdad, para quitarse el sombrero.

El momento más duro: cuando no podemos ayudar
No todo en el día ha sido fácil.
Entre los pacientes de la clínica ha venido una madre con su hija de 18 años. La chica presenta un problema congénito de espasticidad y equino-varo. Es de esos casos que, como profesional, te colocan ante tu propio límite.
Hemos valorado su situación, revisando lo que estaba en nuestra mano hacer aquí, con los medios y el contexto de esta brigada. Y la conclusión, por dura que fuera, ha sido clara: no podemos ayudarla como ella necesita.

Si hubierais visto la cara de la madre mientras se lo explicaba… Esa mezcla de esperanza que se apaga y, al mismo tiempo, de dignidad contenida. Ese brillo en los ojos cuando se da cuenta de que esta tampoco será la solución definitiva que llevaba tiempo buscando.
Hay momentos en los que uno siente que las palabras se quedan cortas. Que el título de, “podólogo” o “cirujano” pesa más de la cuenta. Porque hay días en los que no venimos a curar, sino a decir la verdad aunque duela, a acompañar en la frustración, a sostener una mirada que se llena de lágrimas y, aun así, no se aparta.
Ese ha sido, sin duda, el momento más duro del día.
Volver al quirófano como espectador
Al terminar la clínica, me he acercado a ver a los compañeros que seguían operando.
He visto a Carlitos —Charly— peleándose con la cabeza de un metatarsiano que se resistía a abandonar su posición anatómica. Después, mientras me lo contaba fuera del quirófano, hablaba con esa vehemencia y esa pasión que solo él tiene, esa juventud envidiable que convierte una osteotomía difícil en una pequeña epopeya personal. Me describía, con su acento gaditano, cómo, por unos instantes, los bordes de una osteotomía de Akin se resistían a coaptar, y cómo, al final, todo encajó. Una batalla ganada.

También he tenido el privilegio de pasar un rato junto por el quirófano del doctor Pascual. Ver a Javi cómo enseña, es otra de esas experiencias que todos nos traemos de vuelta en la mochila emocional del viaje. Explica con calma, con paciencia, con una tranquilidad contagiosa. Siempre aprendiendo, siempre enseñando. Mientras observaba me ha pedido unas fotos del caso clínico que usará para enseñar la técnica en algún curso o congreso. Es un referente en la profesión. Disfruta de la docencia, y se le nota. Y nuestros «residentes» disfrutan aprendiendo de él, y también se nota.
El paseo de vuelta: hablar de hijos
El día ha terminado como empezó: caminando.
Esta vez no iba solo. He vuelto dando un paseo con Sergio Miralles. Él me contaba cómo disfrutan sus hijos, chico y chica de 15 y 13 años, con el fútbol y con sus aficiones. Yo, por mi parte, también he presumido de los míos. Al final, los hijos son ese hilo invisible que nos une con nuestra vida en España mientras estamos aquí, tan lejos, intentando echar una mano donde podemos.
Hablábamos de cómo van creciendo, los suyos, y de cómo van ocupando su lugar en el mundo, los míos, mas mayores. Y mientras lo hacíamos, caminando de vuelta al Rancho Santa Fe, uno tiene la sensación de que todo encaja: que esta mezcla de vocación, familia, amigos y servicio a los demás es, en el fondo, lo que da sentido a estar aquí.
Hoy no he operado. No he estado en primera línea del bisturí. Pero ha sido un día lleno de silencios que hablan, de pacientes que remueven, de risas compartidas, de admiración por mis compañeros y de orgullo por el equipo que somos.
Si algo me llevo de este miércoles de clínica es la certeza de que la brigada no se construye solo en el quirófano. También se construye en los pasillos, en una madre que se va con lágrimas contenidas, en unas auxiliares que sostienen el día a día, en un anestesista que hace reír a todo el mundo, en un paseo a solas al amanecer y en otro al atardecer hablando de hijos.
Todo eso, junto, es Podología Sin Fronteras hoy, aquí, en Honduras. Y yo, un año más, me siento profundamente afortunado de poder vivirlo.
Os seguiremos informando.
