Día 4. Empezamos a remar juntos

Martes, 30 de junio de 2026

El segundo día de quirófano comenzó con una pequeña ventaja: al menos ya sabíamos adónde íbamos.

Conocíamos los pasillos, la ubicación de los quirófanos y la forma de movernos por el hospital. También empezábamos a reconocer algunas caras o, por lo menos, a sentir que ya nos resultaban familiares. Después de una primera jornada en la que todos nos observamos con cierta expectativa, siempre existe la incógnita de cómo será el encuentro del día siguiente, cuando ya hemos compartido unas horas de trabajo y comenzamos a conocernos de verdad.

La respuesta volvió a ser extraordinaria.

El personal guatemalteco nos recibió con la misma amabilidad, cercanía y disposición para colaborar. Cada vez que solicitábamos algo, alguien trataba de ayudarnos. Por nuestra parte, procurábamos adaptarnos al funcionamiento del hospital y hacer que nuestra presencia facilitara el trabajo, en lugar de complicarlo.

Cuando todas las personas reman en la misma dirección, resulta mucho más difícil que las cosas no funcionen.

Como ya habíamos contado, el hospital ha puesto a nuestra disposición tres quirófanos. Habitualmente, uno de ellos se destina a los procedimientos más complejos de retropié, mientras que en los otros dos realizamos intervenciones de antepié y mediopié. Esta distribución nos permite trabajar simultáneamente y aprovechar mejor el tiempo disponible.

Aunque empezamos a adquirir velocidad de crucero, la jornada volvió a presentarnos algunos de esos pequeños problemas que acompañan inevitablemente a la actividad quirúrgica. En ocasiones faltaba algún elemento del material de osteosíntesis; en otras, no encontrábamos el destornillador adecuado, no aparecía el tornillo que creíamos haber preparado o necesitábamos algún instrumento que se encontraba en otro quirófano.

Son dificultades aparentemente menores, pero capaces de detener una intervención y obligarnos a buscar alternativas. Sin embargo, gracias a la coordinación entre los compañeros y a la ayuda del personal del hospital, todas fueron encontrando solución.

Finalmente, pudimos completar las cirugías previstas sin ningún contratiempo importante y con resultados satisfactorios.

Durante el día continuamos también valorando nuevos pacientes para completar el programa quirúrgico de toda la semana. El hospital había publicado un anuncio en sus redes sociales informando de nuestra presencia y la respuesta de la población fue excelente. Fueron llegando nuevas personas con patologías que llevaban tiempo condicionando su vida y que buscaban una oportunidad de tratamiento.

Cada nuevo paciente nos recuerda que una semana es muy poco tiempo.

Precisamente cuando empezamos a entender mejor el funcionamiento del hospital y a coordinarnos con mayor facilidad con los profesionales guatemaltecos, somos conscientes de que los días pasan demasiado rápido. Por eso intentamos aprovechar cada jornada, mejorar la organización y atender al mayor número posible de personas sin renunciar nunca a la seguridad y a la calidad del tratamiento.

Entre nosotros, en cambio, no hay nada que descubrir. Somos el mismo equipo desde hace muchos años. Llevamos más de quince compartiendo profesión, proyectos, viajes y amistad. Nos conocemos a la perfección, sabemos cómo trabaja cada uno, cómo piensa y cómo reacciona cuando surgen dificultades. Pero, sobre todo, somos un grupo de amigos que se quieren.

Esa amistad se nota dentro y fuera del quirófano. Nos permite entendernos con una mirada, anticiparnos a lo que necesita el compañero y afrontar con confianza incluso los momentos más complicados. Quizá esa sea una de las mayores fortalezas de este proyecto: no somos solo siete profesionales trabajando juntos, sino siete amigos unidos por una historia común y por la misma forma de entender la cooperación.

Después de finalizar la actividad hospitalaria, decidimos salir a cenar y disfrutar durante un par de horas de la tarde-noche de Antigua Guatemala. La ciudad, con sus calles empedradas, sus edificios coloniales y sus rincones llenos de historia, merece ser recorrida con más calma de la que probablemente podamos dedicarle durante esta semana.

Fue un pequeño respiro después de una jornada intensa: una cena compartida, algo de conversación y la oportunidad de disfrutar juntos de una ciudad que nos está acogiendo con enorme cariño.

Pero el descanso debía ser breve.

A las cinco de la mañana volvería a sonar el despertador y nos esperaba una nueva jornada de trabajo.

El equipo funciona porque lleva muchos años haciéndolo, porque existe confianza y porque, más allá de la experiencia profesional, hay una amistad construida con el tiempo.

La semana avanza demasiado rápido, pero todavía queda mucho por hacer.

Mañana, más.

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